¿Y la felicidad? ¿Y las intensas ansias de continuar? ¿Y las ganas de luchar? ¿Y mi vida?
Seguir adelante no ha sido fácil, y el futuro no me prometía nada que fuese perfecto. Simplemente, al mirar hacia adelante veía un montón de figuras amorfas que me impedían pensar con claridad, simplemente veía problemas indefinidos que se acumulaban en un montón caótico que me aterraba. Y les di la espalda, encerrándome en mi dolor perpetuo, aprisionándome en él como si fuese una medicina, la cual en lugar de curarme, era la que me iba rompiendo lentamente, hasta conseguir que mi corazón quedase quieto.
Cuando quise darme cuenta ya era tarde, ya estaba atada a él desde cada terminación nerviosa de mi cuerpo. El dolor interno era intenso, era duro. Peor que un empujón, un puñetazo, un hueso roto. Peor que te atropellara un autobús o que una apisonadora te pasara por encima. El dolor interno era desconcertante, me transportaba hasta un lugar dónde todo era oscuro, dónde tenía la sensación de que millones de agujas se clavaban por cada poro de mi piel, desgarrándome así tanto por fuera como por dentro.
El dolor era un hijo de puta, que me escogió a mí para hacer sus crueles experimentos. Y yo, en lugar de luchar contra él, me encerraba en mi habitación, haciéndome un ovillo en mi cama, abrazándome a mí misma, tratando que ningún pedazo de mi volviera a caerse. Tratando de calmar mis ataques de ansiedad, tratando, simplemente, de sobrevivir a cada aguja que me atravesaba y me retorcía el corazón. Tratando de evitar la angustia que sentía dentro de mí, intentando no escuchar el único pensamiento que me pateaba la cabeza sin ningún tipo de cuidado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario